sábado, noviembre 12, 2005

EL ARTÍCULO DE CELA


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Sobre el artículo de Cela titulado “Carta a los jóvenes escritores”, y la relación de mi apostilla a ese artículo, del mismo título y publicado en ABC poco después, ya he hablado en este parapeto (la mosca en la oreja). Pese a la susceptibilidad, nunca me cansaré de reconocer que la obra literaria de Camilo José Cela representó en mi juventud una lección inconmensurable. El día que Cela se murió me pilló con el paso cambiado. Lo explico en mi primer dietario. Tres meses después falleció mi padre.

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CARTA A LOS JÓVENES ESCRITORES
Por Camilo José Cela.
Publicado en el diario ABC, el día 27 de septiembre de 1998


Me gustaría tener ingenio y fuerzas bastantes para alentar a los jóvenes escritores a fajarse a luminosos cintarazos con la literatura, esa rara conciencia que late en algunas cabezas o algunos corazones; en el otoño nace, como todos los años, el tiempo de los premios literarios y su secuela de ilusiones y decepciones, y pienso que ésta no es mala ocasión para recapitular sobre lo que jamás acaba de ser digerido: la irresponsable fatalidad de la literatura, ese escape por el que a veces ni cabe siquiera un suspiro, un lamento o un grito: un suspiro amoroso, un lamento ético o un grito social o político.

Nadie somos nade --y yo menos que nadie-- para dar consejos a nadie. Cuando era más joven y más peleón solía decir que no daba consejos a nadie porque era preferible que cada cual se equivocase solo; ahora pienso lo mismo, bien lo sabe Dios, pero no lo digo quizá porque se me están quitando las ganas de arreglar el mundo desde sus remotos orígenes.

La literatura vive de su propia substancia y algún día todos nos daremos cuenta del daño que le han hecho las derivaciones ajenas a lo que debiera haber sido siempre su inicial propósito. La literatura es una cultura que se transmite a través del tiempo, una carrera de antorchas que cada cual lleva hasta donde puede y los demás le dejan, para entregar el testigo a quien le toca ahora correr.

En España hay hoy, como ha habido siempre, una pléyade de jóvenes escritores, unos ya granados y otros a punto de granar, que ocuparán gozosa e inevitablemente los lugares que a cada cual corresponda. Yo me permitiría rogarles que no atendiesen a más que lo suyo --su vocación, su dedicación diaria, su afán de sinceridad y de perfección-- y que diesen de lado a todo aquello que pudiera apartarlos de su difícil y hermoso camino. Todos estamos metidos en el mismo barco y todos navegamos por la misma mar, de todos nosotros algunos se salvará y algunos otros serán devorados por las aguas bravísimas de la palabra, eso que es la materia prima y la esencia misma de la literatura. La literatura es la palabra y debajo de cada palabra subyace sutil y armoniosamente una idea y no ninguna otra; por eso es necesario adivinar la palabra, acertar con la palabra que sirva para decir lo que queramos y que no se nos resista a brotar de los puntos de la pluma. El subterfugio de las comillas debería estar prohibido en literatura porque cada palabra tiene su valor y su significado y no ningún otro; el matiz que queremos dar a una palabra al entrecomillarla supone querer decir algo que se llama de otra manera y lo que hay que hacer es seguir buscando con muy paciente ahínco.

Este oficio de escribir es duro y no siempre rentable ni compensador; nuestra venganza contra la sociedad y el estado de ánimo que no siempre nos entiende estriba en seguir escribiendo y no tasarnos jamás porque, para no salir de pobres, más vale que nos pertrechemos con nuestro propio orgullo, nos escudemos en nuestro propio parapeto y nos armemos con nuestra propia daga. Me gustaría que mis jóvenes compañeros de oficio no abdicasen jamás de su posible maestría presente o futura y que ya se ha enseñado o acabará enseñándose cualquier día. En ese diario examen de conciencia que cada escritor hace cada noche antes de irse a dormir, de nada sirve la referencia a quienes seguimos vivos porque no se trata de ser mejores y más sólidos que Alberti, que José Hierro, que Claudio Rodríguez, que Torrente Ballester, que Ana María Matute o que yo mismo, sino que Berceo, que Góngora, que fray Luis, que Cervantes, que Quevedo o que Valle-Inclán; las metas hay que ponerlas siempre a la justa distancia y jamás demasiado próximas. Muchos compañeros de oficio que nos niegan el pan y la sal al ponerlo todo en cuarentena, pierden demasiado el tiempo porque el del escalafón no es camino saludable. Todos nos debemos al calendario, a la vocación y a la suerte y de nada vale querer pasar por la vida con un antifaz, sea del color que fuere.

ARTÍCULO 10 DE ABC (y último)


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“CARTA A LOS JÓVENES ESCRITORES”
Por Antonio Gálvez Alcaide
Publicado en el diario ABC, el día 11 de noviembre de 1998

Texto del artículo, aquí.

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