lunes, julio 17, 2006

ROGER WOLFE, MAGNÍFICO

Sábado, 7 de agosto de 1999

(…) He estado pensando que realmente debería hacer algo con respecto a mi “carrera literaria”. Suena a chiste, ya lo sé. El caso es que poco a poco estoy volviendo al punto de partida. Llevo 18 años en la brecha, y --en lo que se refiere a publicar-- casi se podría decir que vuelvo a estar como el primer día. Muy pronto no me van a querer sacar mis libros ni pagando. Ya no encuentro editores ni para mis poemas. Cinco años de cama, sin ir más lejos, estuvo a punto de quedarse en el maldito cajón. Rechazado por Visor, por Hiperión, por Dios sabe cuántas editoriales más. Al final surgió lo de Prames. Una editorial que se dedica realmente a los libros de senderismo y montaña. La ironía no podía ajustarse mejor a mi situación. Mi vida es una broma; siempre lo ha sido. Un chiste de mal gusto.

Le he estado dando vueltas incluso a la idea de publicarme yo mismo. Crear una editorial con el fin de publicar mis propios libros. Suena descabellado, pero no lo es tanto. Agustín García Calvo lo hizo, con su editorial Lucina, y no parece que le vaya mal. Sus libros se distribuyen, se ven en todas partes. Y me dan la sensación de que se venden. No sé cómo lo haría. Quizá debería llamarle por teléfono y preguntárselo.

--¡Eh, Agus! ¿Cuál es tu secreto? ¡Venga, dime! ¿Cómo te lo has hecho?
--¿Cómo? ¿Quién es usted?
--Perdone. Creo que me he equivocado de número…

Ah, Dios. La que se equivocó de número fue mi madre, cuando me trajo al mundo. No sé en qué demonios pudo haber estado pensando.

Yo no soy García Calvo, por supuesto. Supongo que el tipo tiene un público considerable. Es una especie de figura legendaria, con clubes de fans incluidos, por toda España. Pero yo también tengo mis lectores. No sé cuántos serán, pero la cifra debe andar por los dos mil, tres mil. Me refiero a dos o tres mil lectores fijos, que compran todo lo que saco (cuando consiguen encontrarlo, claro). Si publicara mis propios libros y consiguiera vender tres mil ejemplares de cada uno, podría cubrir gastos, y hasta recuperar parte de la inversión. No es, como digo, tan descabellado. El problema principal no son los potenciales compradores --sé que están ahí fuera, en alguna parte--, sino, como siempre, la distribución. Y que los libros se reseñen en los medios de comunicación, y la gente se entere de que han salido. Las reseñas, buena o malas, son de vital importancia. De mi más reciente poemario, Enredado en el fango, sólo salió, que yo sepa, una breve reseña en El Mundo. Y sin embargo bastó para que mucha gente se enterara, y de hecho empezamos a recibir, aquí en casa, llamadas y faxes pidiendo el libro. Nos llegó incluso un fax de Crisol, la cadena de librerías, y eso no es moco de pavo. Es evidente que la gente andaba por ahí pidiendo el libro. Salió en la colección ovetense de Eduardo Errasti, Línea de Fuego, en una edición que casi se podría considerar de autor, porque Línea de Fuego no es una editorial, ni Eduardo se ha preocupado de distribuir los libros. No me extrañaría nada que la mayor parte de la edición de Enredado en el fango siga pudriéndose en los almacenes de la imprenta de Oviedo en la que vio la luz. Aunque Karmelo Iribarren me llamó de San Sebastián el otro día, y me dijo que se había encargado personalmente de llevar ejemplares de mi libro, junto con ejemplares del suyo, Desde el fondo de la barra, y de otro de Michel Gaztambide, Ternura blindada --que acababan de salir en la misma colección--, a las principales librerías de Donosti. Del suyo se han vendido ya, al parecer, unos veinte ejemplares, en cuestión de días y solamente en San Sebastián. O sea, que la cuestión es conseguir que los libros lleguen a las librerías. Pero el asunto de la distribución es una auténtica pesadilla, y hay que luchar contra las avalanchas de novedades que sacan todos los meses las grandes editoriales. Los grupos grandes dominan el mercado porque dominan los canales de distribución. Ése es el verdadero secreto de toda esta historia. Los canales de distribución, y el poder de la publicidad, que cuesta mucho dinero. Los distribuidores se llevan una parte importante del precio final de un libro, y cuando no están seguros de que un determinado libro vaya a vender ni siquiera se preocupan de llevarlo a las librerías. En muchos casos, ni te lo aceptan para distribuirlo. El caso de la poesía es un ejemplo claro. La poesía se ha tenido que refugiar en librerías especializadas. La mayor parte de los distribuidores ni se ensucian las manos con ella. Prefieren ir a lo seguro y darle caña a los títulos de las grandes editoriales establecidas, con lo que saben que tienen un mínimo de ventas aseguradas, pase lo que pase. Así es como funciona todo esto. Y no me extrañaría nada que las editoriales potentes no sólo les paguen a los distribuidores el tanto por ciento habitualmente establecido, sino que les suelten además una buena pasta adicional por colocar bien sus libros en las tiendas. Una especie de soborno legal, por así decirlo. Y contra todo eso los "pequeños" no tienen -no tenemos- nada que hacer. Es un asunto que no tiene nada que ver con la calidad literaria, sino con el márketing, y con los gustos prefabricados del público, al que se le dice y se le repite y se le machaca que tal cosa es buena, y van y la compran. Así de claro.

Bueno, menudo rollo. De todas formas, no descarto autopublicarme. La cuestión sería hacer las cosas bien. Poco a poco. Sacar un primer libro y ver lo que pasa. Desde luego, en mi actual situación, no creo que la autopublicación fuera nada de lo que tendría que avergonzarme. Me resulta infinitamente más humillante tener que pasarme la vida recorriendo el circuito editorial como una especie de patética alma en pena, como un pobre matao, sometiéndome a la magnanimidad y benevolencia de un atajo de analfabetos funcionales que se hacen llamar editores y que no sabrían distinguir entre un buen libro y un zurullo de vaca envuelto en celofán. Y a los que en cualquier caso les da igual, porque lo único que les interesa es vender un “producto”. Un producto como cualquier otro. Venden libros, pero podrían estar vendiendo rábanos, o electrodomésticos. O mierda en lata.

¡Que te follen, Nostradamus!, Roger Wolfe, DVD Ediciones, Barcelona, 2001.

Este texto también aparece en Dietario en Red 2004-2006.

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